Benedicto XVI en Gran Bretaña

Con mucha valentía su Santidad, el Papa Benedicto XVI se encuentra en estos momentos en las islas británicas con motivo de la pronta beatificación del Cardenal John Henry Newman. Y decimos con mucha valentía porque no es para nadie un secreto el escaso amor que se profesa en el Reino Unido por el sucesor de Pedro, y por la iglesia Católica en general.

Me he tomado la libertad de traducir parte del mensaje que le dirigió el Santo Padre a la reina Elizabeth II cuyo texto original en inglés pueden conseguir aquí.

El nombre “Holyroodhouse”, la residencia oficial de Su Majestad en Escocia rememora a la Santa Cruz y señala las profundas raíces cristianas que aun se encuentran presentes en cada capa de la vida británica. Los monarcas de Inglaterra y Escocia han sido cristianos desde épocas muy remotas e incluyen a grandes santos como Eduardo El Confesor y Margarita de Escocia. Como usted lo sabe, muchos de ellos ejercieron a conciencia su deber soberano a la luz del evangelio y de esta manera moldearon permanentemente a la nación desde los niveles más profundos. Como resultado, el mensaje cristiano ha sido parte integral del lenguaje, pensamiento y cultura de los pueblos de estas islas por mas de mil años. El respeto de sus antepasados por la verdad y la justicia, por la misericordia y la caridad viene desde una fe que continua siendo una gran fuerza en favor del bien en su reino, para el gran beneficio tanto de cristianos como de no cristianos.

Añade el Papa:

Hoy, el Reino Unido se esfuerza por ser una sociedad moderna y multi-cultural. Que en esta difícil empresa mantenga siempre el respeto por aquellos valores tradicionales y expresiones culturales que las formas más agresivas del secularismo ya no valoran y ni siquiera toleran. Que no se obscurezca el fundamento cristiano que da basamento a sus libertades, y que ese patrimonio, que siempre ha servido bien a la nación, sea el ejemplo que su gobierno y su pueblo den a los dos mil millones de miembros de la Commonwealth y a la gran familia de naciones anglo-parlantes alrededor del mundo.

Unámonos todos los cristianos, católicos o no, en oración por las intenciones de Benedicto XVI, especialmente por las que lo llevan en este histórico viaje al Reino Unido, para que allí continúe ardiendo con fuerza la luz del evangelio. ¡Que viva el Papa! ¡Que viva la Iglesia!

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Benedicto XVI en Gran Bretaña

De vuelta a casa

Hemos vuelto. Gracias a Dios y a la Virgen del Valle estamos de regreso en casa sanos y salvos después de una semana de vacaciones en la isla de Margarita.

Tal como lo habíamos advertido y como era de esperarse, durante esos días no pudimos mantener actualizado el blog pero con esta entrega retomamos nuestros relatos de las maravillas que Dios va haciendo en nuestra familia.

No crean que vamos a fastidiarlos con un cuento largo y detallado de cada una de las cosas que hicimos durante estos últimos 7 días. Se sabe que disfrutamos de las playas, fuimos de compras, vimos hermosos atardeceres, etc, etc, etc.

Sin embargo, sí hay una anécdota digna de ser plasmada aquí: la aventura que Antonio Vargas (amigo y hermano de comunidad) y este servidor tuvimos al ocurrírsenos la genial idea de encaramarnos en un islote ubicado a pocos metros de la orilla de la playa. Pocos metros por un extremo pero por el otro,  unos 200 aproximadamente. Llegamos a la isla sin mayor dificultad pues por el costado por el que la abordamos no solo era corta la distancia sino que el agua nunca se hacía mas profunda de un metro y medio a lo máximo. A duras penas logramos subir por la pared formada por una roca filosa y cortante (nuestros pies y manos dan testimonio de ello) y después de explorar el islote decidimos que nos regresaríamos a la playa por el lado mas largo, a nado limpio, para así evitar las cortantes rocas que había que enfrentar si queríamos retornar por el lado mas corto y seguro.

Antonio y yo explorando el islote

Y así lo hicimos. Caminamos a lo largo de todo el cayo y hallamos un punto ideal desde el cual podernos zambullir sin tener que hacer contacto con piedra o erizo de mar  alguno. Y el resto fue nadar. Y nadar. Y nadar. Como por 40 minutos y contra corriente por lo que al final vinimos a pisar la playa a unos 100 metros del lugar de partida original.

Eso es todo. Nada dramático, nada heroico; pero nos queda el recuerdo de haber hecho algo que uno todavía es capaz de hacer. Del tipo de cosas que yo pensaba habían quedado en el pasado y que a mis cuarenta y dos años dificultosamente volvería a hacer.

El premio que nos regaló el Señor por nuestra valentía

Pronto les ponemos el resto de las fotos.

De vuelta a casa