La boda real, Juan Pablo II y Osama Bin Laden

Hay veces que uno escribe sencillamente porque siente que algo debe decirse con respecto a lo que esté sucediendo en determinado momento. Y durante el fin de semana recién concluido pasaron demasiadas cosas. Lo siguiente es un intento de ver esas cosas con perspectiva. De ponerlas a cada una en su lugar.

Hagamos esto en forma cronológica, ¿les parece? Primero tenemos la boda real del viernes pasado. Aquí no hay mucho que decir, la verdad. Siempre es bello y digno de celebrarse que un hombre y una mujer se unan en el sacramento del matrimonio. Así se trate de tu compañero de trabajo y de su novia o del fulano William y la suya. Ambos matrimonios son dignos e importantes a los ojos de Dios pero para uno montamos un circo y para el otro no.

Luego vino el domingo y la beatificación de Juan Pablo II. Sin duda alguna la noticia más alentadora y esperanzadora del fin de semana, no le quedó otra que quedar ensanduchada entre la boda real y la muerte de Osama Bin Laden. Lo triste es que la cínica sociedad en la que vivimos hoy en día prefiere consumir, digerir y vomitar noticias como estas dos últimas y dejar la beatificación de un hombre como lo fue Juan Pablo II para los curas y las monjas en los conventos. Preferimos el espectáculo y la violencia que la esperanza de la santidad.

Por último tenemos la muerte de un hombre y la celebración delirante, televisada a nivel mundial que trajo consigo. Ciertamente Osama Bin Laden no era el favorito de casi nadie. Confieso que yo mismo exclamé para mis adentros una especie de “¡Ah vaina buena!”, pues hablamos del enemigo público número uno de más de 90% de la humanidad. Pero, ¿como fue que dijo Jesucristo, Nuestro Señor?

Amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os odian. Bendecid a los que os maldicen y orad por los que os calumnian.

Un cristiano no puede celebrar nunca la muerte de un ser humano, por repulsiva que nos haya parecido su existencia. Mas o menos esto es lo que nos dice el Director de la Oficina de Prensa de la Santa Sede, P. Federico Lombardi en esta nota. El amor en la dimensión de la cruz puede ser escandalizante para algunos, no nos quepa la menor duda.

Bien. Pidamosle a Dios que por la acción del Espíritu Santo podamos tener la sabiduría y el discernimiento necesarios para darle a cada uno de los eventos que suceden a nuestro alrededor su merecida importancia. No la que el mundo quiera que le demos.

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