De vuelta a casa

Hemos vuelto. Gracias a Dios y a la Virgen del Valle estamos de regreso en casa sanos y salvos después de una semana de vacaciones en la isla de Margarita.

Tal como lo habíamos advertido y como era de esperarse, durante esos días no pudimos mantener actualizado el blog pero con esta entrega retomamos nuestros relatos de las maravillas que Dios va haciendo en nuestra familia.

No crean que vamos a fastidiarlos con un cuento largo y detallado de cada una de las cosas que hicimos durante estos últimos 7 días. Se sabe que disfrutamos de las playas, fuimos de compras, vimos hermosos atardeceres, etc, etc, etc.

Sin embargo, sí hay una anécdota digna de ser plasmada aquí: la aventura que Antonio Vargas (amigo y hermano de comunidad) y este servidor tuvimos al ocurrírsenos la genial idea de encaramarnos en un islote ubicado a pocos metros de la orilla de la playa. Pocos metros por un extremo pero por el otro,  unos 200 aproximadamente. Llegamos a la isla sin mayor dificultad pues por el costado por el que la abordamos no solo era corta la distancia sino que el agua nunca se hacía mas profunda de un metro y medio a lo máximo. A duras penas logramos subir por la pared formada por una roca filosa y cortante (nuestros pies y manos dan testimonio de ello) y después de explorar el islote decidimos que nos regresaríamos a la playa por el lado mas largo, a nado limpio, para así evitar las cortantes rocas que había que enfrentar si queríamos retornar por el lado mas corto y seguro.

Antonio y yo explorando el islote

Y así lo hicimos. Caminamos a lo largo de todo el cayo y hallamos un punto ideal desde el cual podernos zambullir sin tener que hacer contacto con piedra o erizo de mar  alguno. Y el resto fue nadar. Y nadar. Y nadar. Como por 40 minutos y contra corriente por lo que al final vinimos a pisar la playa a unos 100 metros del lugar de partida original.

Eso es todo. Nada dramático, nada heroico; pero nos queda el recuerdo de haber hecho algo que uno todavía es capaz de hacer. Del tipo de cosas que yo pensaba habían quedado en el pasado y que a mis cuarenta y dos años dificultosamente volvería a hacer.

El premio que nos regaló el Señor por nuestra valentía

Pronto les ponemos el resto de las fotos.

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