El acto de fin de curso

Mi papá siempre ha tenido como un principio de vida no asistir a actos de graduación. Ahora entiendo por qué. Resulta que hace un par de días Santiago tuvo su acto de fín de curso, el cual tenía un carácter especial pues se trataba nada mas y nada menos que de su graduación del nivel pre-escolar.

De ahí, quizás, la razón (junto con un apagón inicial de unas dos horas) por la que el acto se extendió desde las 7:30 de la mañana hasta las 12:30 del mediodía. Si, han leído correctamente. Estuvimos durante cinco (5) horas en el salón de usos múltiples del colegio. No fue un acto sencillo de unos 45 minutos. Ni de una hora o dos. No. Fueron cinco extenuantes, largas y a ratos no tan divertidas horas. Con los cuatro niños. (Es decir; incluyendo a las niñas por si no quedó claro).

Una de las cosas que pude observar en este tiempo (aparte de que todos los padres y madres que pasamos por semejante prueba de resistencia somos en verdad merecedores de cuanto poema del Día del Padre o de la Madre se nos dedique) es que al parecer toda persona que se respete debe tener como extensión de su mano una cámara digital o en su defecto una video-grabadora. Me llamó mucho la atención como después de transcurridas unas 3 horas más o menos (recuerden que las primeras 2 fueron simplemente esperando que llegara la luz) los estoicos papás y mamás se dedicaban con frenesí a tomar cuanta foto o video fuera posible del orgulloso graduandito: Le tomaban fotos a sus querubines sentados, parados, comiendo empanada, chorreándose la malta encima, llorando, pidiendo permiso para ir al baño y hasta creo recordar haber visto a una mamá entrando al baño con su hijita con una video-grabadora en mano, seguramente con el ánimo de grabarla mientras se sentaba en el excusado, comentando con voz de madre orgullosa “aquí tenemos a perenzejita meando el día de s graduación de pre-escolar”. Entenderán que no pude resistir la tentación de tomarle una buena foto a los papás-mamás-paparazzi en acción.

Bueno, y ya que este post corre seriamente el riesgo de hacerse tanto o más largo y tedioso que el bendito acto, los dejo con la foto del único que podía hacer que todo aquello valiera la pena: Mi gran Santiago, que entra al primer grado ya sabiendo leer casi que a la perfección. Como habrán visto, yo también tomé unas cuantas foticos (con el celular, porque mi cámara digital comprada en internet, como ya lo saben casi todos en Facebook, está perdida en los recovecos más profundos de UPS). Peace! 

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