Acabo de leer una noticia verdaderamente espantosa: En China se llevan a cabo cada año alrededor de 13 millones de abortos. En realidad son muchos mas, pues este número es el declarado oficialmente por las clinicas y hospitales de ese país. Si a eso le sumamos todos los abortos realizados en zonas rurales o urbanas no registrados pues quien sabe en realidad cuantos asesinatos de niños y niñas sin nacer se cometen anualmente en el gigante asiático.
La mayoría de estos abortos son practicado a muchachas jóvenes solteras que conocen poco de métodos anticonceptivos. Y he aquí, que seguramente muchos estarán pensando: “Obviamente la solución a este problema está entonces en desarrollar una amplia y multimillonaria campaña para educar a las chinitas y que aprendan como tener sexo a diestra y siniestra sin quedar embarazadas”. Mas de uno estará pensando “pero bueno chico, ¿es que esta gente no ha escuchado hablar de pastillas anticonceptivas?”; a lo que desde la Iglesia respondemos: Puede que no hayan escuchado sobre pastillas anticonceptivas, pero de lo que seguramente jamás han escuchado hablar es del amor de Dios y de como su hijo Jesucristo tiene poder para devolverle la vida al hombre de hoy. Poder para hacer que esas millones de chicas chinas valoren sus cuerpos y sepan que estos son templos sagrados donde puede residir el Espíritu Santo. Solo hace falta que se les anuncie esto. ¡Esta verdad le entra a la gente por medio de la necedad de la predicación! ¡Ojalá el Señor suscite muchas familias en misión o comunidades enteras que vayan, no solo a la China, sino a cualquier rincón de este mundo donde por desconocimiento de la misericordia infinita de Dios se estén cometiendo crímenes tan atroces como este! ¡Ojala Patricia y yo junto con nuestros hijos seamos movidos a decirle SI a este llamado del Señor!
Mientras tanto nos queda rezar. La Iglesia en Casa invita a todos los que en algún momento del día puedan dedicarle unos minutos a la oración a pedir por todas estas muchachas y por sus indefensos hijitos asesinados a diario, para que el Señor se apiade de todos nosotros y vuelva a hacer todas las cosas nuevas.














¿Será que estamos empecinados en que nuestros hijos crescan lo más rápido posible? Hace un par de dias escuché la siguiente conversación entre mi vecina y su hija de 3 años. Repito: ¡3 años!










